martes, septiembre 05, 2006

La dosis del olvido...

Hace un tiempo atrás... quise borrar mi memoria...
quise borrar mis recuerdos...

quise borrarlo a él...
Queria seguir adelante con mi vida...
sin esa sensación de vacio q me ahogaba...

En ese momento leía a Ray Lóriga y me tocó...

Luego vino Eternal sunshine of the spotless mind que también me tocó...
El resultado de eso, fue este cuento llamado La dosis del olvido.

Sé que estoy en Arizona, sentada en uno de esos restaurante con vista a la carretera. Lo sé por que afuera el sol está demasiado arriba y claro; y los matices de la eterna arena se ven más rojos que nunca, como en los desiertos de Arizona (aunque los había visto solamente por televisión). Las gafas de sol no aminoran demasiado el efecto de la luz, con lo que tengo la cabeza entre los brazos, pegada a la mesa.

El pueblo en el que estoy es de esos típicos de una película yanqui, partidos perfectamente a la mitad, cual naranja, por una larga y angosta carretera sin bermas que nunca tiene un final, o si termina, típico que finaliza en México. Afuera hay una gasolinera donde un señor de casi 102 años atendiendo aún, arrastrando los zapatos y a una lentitud desesperante; hay un almacén donde venden todo lo imaginable y lo inimaginable también; y un restaurante con meseras cansadas y obesas, donde estoy ahora frente a una taza de café que se enfrió hace una hora y una hamburguesa mordisqueada, que esta algo cruda. La verdad es que llevo más de una hora acá, sentada esperando a este chico que debería llegar en cualquier momento (aunque ese cualquier momento se ha alargado demasiado).

Me sudan las manos y tengo la permanente sensación de que me encontrare con alguien conocido (algo teóricamente imposible); se supone que esa sensación de persecución se tiene cuando uno va a hacer algo malo o inusual, sin embargo, no creo que esto sea malo, más bien es un acto de heroica sanidad mental para conmigo.
La cosa es que hoy, después de meses de pensarlo y sopesarlo, de juntar el dinero y volver a meditarlo, de llamadas largas distancias y aprenderse un montón de contraseñas, estoy acá con la firme convicción de borrar mi memoria, si, es extraño, pero en fin, los químicos del nuevo milenio me abren una amplia ventana de posibilidades, casi con sabores (¿usted prefiere su perdida de memoria parcial o total, con sabor a guinda o frambuesa?).
Me pongo de pie y camino hacia el wurlitzer, miro la parrilla y esta llena de música country (la detesto tanto) y al final de la lista, esta REM, así que me siento un poco más tranquila y pongo la moneda. Me vuelvo a sentar y cuando estoy encendiendo un cigarrillo, aparece un tipo con unos pantalones azules brillantes (de verdad brillantes tras mis lentes oscuros). Mira alrededor con cara de perdido; supongo que es él, así que le hago una seña y esbozo algo parecido a una sonrisa, el espejo que tengo al frente me refleja haciendo una mueca. Se acerca a mi mesa, los tacones de sus botas percuten en los baldosines, lleva una maleta negra y cuadrada con él, llena de cierres. Su acento me agrada, marca las z bastante, es un español de cepa, como me gustan a mí.
- Disculpa el retraso tía, tu sabes, acá es algo lejano.
- No te preocupes, no tengo prisa.

(...)

1 comentario:

Nykkä dijo...

Eternal sunshine of the spotless mind!, tocaya esa es mi peli favorita, y también soy una devoradora de libros!
besos -*