jueves, marzo 11, 2010

Fracturas más allá de lo material.

Me ha costado mucho decidirme a escribir esta crónica.
Son demasiadas cosas las que han pasado desde ese 15 de febrero,
cuando lo único que me importaba realmente era el fin de las vacaciones.
No, no era lo único, pero al fin y al cabo, no había escrito de nada más.

Ya no sé bien que palabras utilizar, porque siento que ya han sido
utilizadas todas.
Ha sido tan desgarrador todo lo que ha sucedido, que siento que hasta
el lenguaje le queda chico a esta experiencia que vivimos todos juntos
el 27 de febrero a las 3:34.
Pero tiene un nombre, y se llama terremoto.
Más aún, luego tuvo otro más: maremoto.

Y medio Chile quedó a oscuras, sin agua, sin comunicación,
chapoteando entre barro, entre escombros de casas, entre
tablas; con gritos de personas que buscan a otras personas.
Las imágenes se turnan en pasar por mi cabeza, ya que los
medios de comunicación, eficiente y vividamente, informaron
a la otra mitad de Chile lo apocalíptico de la situación.

Pero las cosas no quedaron ahí, se fueron poniendo color de hormiga,
por la cantidad de dolor que trajo el movimiento y el agua,
por las cientos de personas que fallecieron, que desaparecieron,
que quedaron lastimadas, que quedaron solas.
Además, luego de pasar un par de horas, algo extraño y muy surreal
comenzó a ocurrir en Concepción, en Constitución, en Talca, en Quilicura,
las personas comenzaron a robar supermercados y tiendas,
con la excusa del desabastecimiento y del hambre.
Junto con los alimentos, también se fueron televisores, lavadoras, computadores
y cuando lo veía por televisión, de verdad me costó reaccionar.
Personas de todos los lugares, de todos los colores, de todas las tendencias
y de todas las clases sociales; con un terror por quedar sin nada, por una codicia
de obtener algo, por querer tener más que el otro.
Por todo eso y más, de un minuto a otro, gran parte del país se volcó al caos y
fue necesaria la intervención militar y poner un toque de queda para que se
restaurara el orden.

Como ven, han pasado muchas cosas.
Incluida una Teletón para ayudar a los damnificados,
donde la meta se cumplió ampliamente y se recaudaron
más fondos de los necesarios para reconstruir Chile.

Sinceramente, y luego de ver noticias, aterrarme, des-aterrarme,
asquearme, enojarme, apenarme y llorar; la fractura moral y social
de nuestro país es mucho más profunda que los estragos del terremoto.
Ese país en que creiamos vivir, donde existia algo de igualdad,
que estaba en el club de los paises desarrollados,
donde nos jactamos de ser solidarios y patriotas,
es una ilusión.

Son desigualdades tan insondables las que nos separan,
que van más allá de las cosas materiales.
Estamos separados por el temor al otro, por la envidia
de las cosas del otro, por el resentimiento con los otros,
por el resentimiento de los otros, por la indiferencia
con los otros... y así, por siempre los malos son otros,
siempre los equivocados son otros, siempre los pobres
son otros y siempre hay q huir de los otros.

Y ahora, estoy sentada frente al televisor, luego del
traspaso del gobierno, de Bachelet a Piñera, de la Concertación
a la Derecha.
Y mi inquietud surge, porque se puede reconstruir lo material,
las casas se vuelven a hacer, las cosas se vuelven a poner,
pero las personas sabrán que tienen que cambiar?
qué es necesario mirar al otro como un igual?
este gobierno hará ese cambio?
Escucho al Presidente Piñera, que enumera cómo va a reconstruir
puentes, caminos, casas y escuelas; pero no habla de reconstruir
nuestro espíritu, nuestra humanidad.

Pareciera ser que todo es gris (lo he pensado muchas veces);
pero no es así, quedan personas que como hormigas trabajan
para restituir esta humanidad quebrada.
Que más que entregar ropa o cosas, fue capaz de escuchar al otro,
escuchar su miedo, su experiencia, su dolor. Ponerse en ese lugar,
compartir y sentir lo que el otro siente.
Una taza de café, un abrazo, un apretón de manos.
Dejar de pensar en sí mismo, sino que pensar con el otro.

Hoy mismo, tuve un momento de duda, entre el egoismo y la empatía,
entre mi propio temor y el temor de los demás.
El temblor me pilló en la sala, estando con 37 personas que me miraron
como esperando algo. La verdad es que un segundo de mi pensó en correr,
pero el segundo siguiente fue pensar en ellos, que estaban bajo mi responsabilidad,
que más que el sueldo que me pagan por cuidarlos, era evitarles un dolor,
no asustarlos, sacarlos de la sala sanos y salvos, que se lo tomaran con calma.
Así que por primera vez, viví un temblor pensando en 37 pares de ojos,
que tenian ganas de llorar, acompañandolos y luego, al terminar, ser la última
en cerrar la puerta.