lunes, octubre 22, 2012

Cuando un recuerdo es un fetiche.

Nunca le gustaron los pelos con gel. Algo de ese brillo artificial y consistencia viscosa le provoca un asco mayor. Ademas el viento no jugueteaba con esos cabellos, tiesos al andar, sin vida. 
Así que cuando caminaba en la calle, inconscientemente no miraba a los hombres con los pelos parados y su mirada sólo se posaba en los que llevaban el cabello limpio, de preferencia suelto.

Por eso, una de las cosas que más le gustaba de él, era su cabello. 
Una mezcla de castaño oscuro, con pelos rojizos y rubios que brillaban furiosamente al sol. 
Pequeños gatos que se hacían cerca de sus orejas y 
le daban un marco singular a su cara. 
Delgado, suave, con pequeños rulos en la nuca, acariciable,
amable, tierno.

Años antes, cuando era largo, jugaba horas enteras a trenzarlo, 
a enredarlo mientras conversaban. 
Probablemente este es un recuerdo inventado y nunca sucedió, 
pero a ella le gustaba pensarlo como real. 

Probablemente él nunca se enteró de lo mucho que le gustaba su pelo,
de la atracción inmediata de sus manos para tocarlo cuando se acercaba.
Que una de las cosas más difíciles ha sido precisamente no tocarlo,
luego de que se separaran. 

Cada vez que ella piensa en el pelo de él, se le vienen imágenes de tardes
en el sillón, ella leyendo y él reposando su cabeza en su regazo; donde ella puede entrelazar sus dedos en su pelo a sus anchas, siento una felicidad extraña y fetiche, plena y ancha en el pecho.

En las noches, cuando estaban juntos, mientras él dormía; imperceptiblemente ella le acariciaba el pelo, el ancho de su frente, los rizos que se hacían en las puntas. 

A veces se acercaba y aspiraba su aroma; algunas de ellas, ese pelo no tenía olor alguno, sólo el olor marcado y penetrante de él; 
se quedaba varios segundos reteniendo la respiración para marcar ese aroma en su memoria, 
tratando de no despertarlo, por que no sabría como explicarle ese extraño comportamiento.

Cuando ella pierde tiempo pensando en que será de él, 
se pregunta porqué no le dijo cosas como esas, como que amaba su pelo y que lo extrañaba mucho. 
Que cuando él salia a trabajar, ella buscaba el aroma de su cabello en la almohada. Quizás ella piensa que él lo encontraría extraño, tonto, algo infantil que se lo reprocharía más adelante, 
cuando las cosas se empezaran a poner feas.

Pero a pesar de que las cosas se pusieron feas, y muy feas, 
ella aún recuerda el brillo del cabello de él frente al sol,
y como también se unían a los reflejos rojizos, su barba y sus bigotes. 

De vez en cuando, ella se arrepiente de su hermetismo y siente que debería haberle contado esa fijación que tenia con su cabello. -Quizás le hubiera parecido divertido, piensa y que eso recordaría ahora que esta lejos, que ella era la loca que se obsesionaba con su pelo. Por lo menos, se consolaba ella, así tendría algún recuerdo mío.

Una de las cosas que añora, es volver a tener ese pelo junto a su almohada,
junto a ese pelo vienen un par de ojos inquietos y una nariz de lo más peculiar, como nunca antes había conocido una.

Mientras mira la taza de café que tiene frente a ella, se pregunta cuánto tiempo duraran los recuerdos sensoriales de lo que fue, ya que siente una punzada de dolor cada vez que recuerda un rasgo de él.

Cuando lo de ellos estalló en mil pedazos ante la realidad, 
lo vio llorar con mucha pena mientras ella, inmóvil, 
no fue capaz de sacar ese nudo que tenía atado en la garganta.

Cuando se acostaron, ella se levantó y se quedó en living a oscuras, 
donde lo desató silenciosamente para que no la sintieran. 
Volvió a la pieza al rato después, y al acostarse, lo vio de espaldas durmiendo. 
Se sentó en su lado de la cama y quedó mirando esa espalda donde se acurrucaba cuando sentía frío. 
Miró su pelo como brillaba en la semioscuridad de la pieza. 
Su mano se acercó lentamente para tocarlo, pero quedó a medio camino, suspendida y temblando. 
Algo impedía que siguiera su camino, que la caricia se concretara, que ese deseo que la impulsaba a refugiarse en él la dominara. 
Se tomó la mano con fuerza, la apretó y le hundió las uñas. 
Era más fuerte que ella, era una adicción, era su conexión imperceptible con él, su caricia invisible que él nunca percató.

Su mano volvió a acercarse a él, una, dos, tres veces más, como animal asustado que huye ante el menor movimiento. 
Las lágrimas corrían por la cara de ella, enojada con si misma de ser tan controlada, de no entregarse a la emoción del perdón, del amor, del cariño. 
Él se movió entre sueños, y ella se ovilló en su rincón de la cama,
tomando sus piernas y poniendo sus manos entre sus pechos.

Eran más fuertes los hechos. Era tan estrepitoso y doloroso el que él le mintiera mirándola a los ojos, que desde ese momento, cada vez que lo observaba, evitaba mirar su pelo para no sucumbir.

Lo que ella nunca supo es que él no dormía mientras ella trataba de acercarse. Estaba despierto y presenció el dilema que vivía. 
Veía como su mano se acercaba a su cabeza y rogaba en silencio sentir los dedos de ella entre su pelo. 
Cada vez que se alejaba su mano, era una punzada de dolor que hizo que lágrimas salieran de sus ojos. 
Ella no iba a ser capaz, se dijo. No iba a ser capaz de olvidar, de perdonarlo. No pudo ni quiso consolarla. No pudo ni quiso forzarla a hablar. 
La verdad que se sintió sin fuerzas para luchar con la pena que la embargaba. Apretó los ojos obligándose a dormir, a pensar en otra cosa, a salir de esa pieza. 

Al otro día, al despertar, ya ninguno se comportó como antaño.
Algo se había quebrado entre ellos y la mano de ella nunca más buscó su pelo. El café que le hacía todos los días él, nunca volvió a tener el mismo sabor. Sus cuerpos en el sillón no encajaron como antaño y día a día la distancia se fue apoderando de la casa que habitaron por tantos años, llenando los espacios que antes completaban ellos con su presencia.

Ha pasado mucho tiempo desde aquello, 
sin embargo, ahora mismo ella está sentada escribiendo y leyendo a la vez. 
El lugar esta atestado de gente que silenciosamente hace lo mismo que ella. De vez en cuando levanta la cabeza y mira alrededor, se le aparece difusa la visión de un cabello juguetón, la que aleja con un dejo de molestia. 
La música que escucha no ayuda mucho, ya que trae canciones que le hacen imaginar escenas de él caminando por la biblioteca hacia ella, con una sonrisa en los labios. 

Pero, luego de disfrutar con dolor esa escena imaginaria, 
ella sabe que debe seguir leyendo y escribiendo y se muerde los labios para provocarse un dolor real y abandonar la fantasía de verlo.




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